miércoles, 16 de abril de 2014

Walking in London 2014 (II)

Las mañanas en Londres amanecían nubladas. O directamente lloviendo. Pero antes de que bajara a desayunar se calmaban y después disfrutaba del sol todo el día.

El segundo día tenía claro que era el día perfecto para salir de Londres. Digamos, salir entre comillas porque el lugar que escogí está en el condado de Surrey pero casi no tienes la sensación de dejar la ciudad. Me fui a Hampton Court, el famoso palacio de Enrique VIII.


Pero primero, claro, tocaba pasar por la estación. Tengo la sensación de que siempre voy a las mismas estaciones a coger el tren: debe significar que tengo algunas zonas del sur y el oeste de Inglaterra muy cubiertas y que puede que tocara cambiar... Siempre acabo en St. Pancras, Paddington y Waterloo. Esta última es la que cubre el suroeste así que hasta allí me fui, sin saber a qué hora salían los trenes ni nada. Pero parece que la fortuna guía mis pasos, que dirían los Tudor, puesto que en un cuarto de hora sale un tren a Hampton Court. Solo me falta el billete. ¡Ah! Y coger los horarios, que como todos los de Waterloo, están llenos de dibujos de corte antiguo y me entran ganas de llevarme uno de cada. Codiciosa... La verdad es que es una delicia tener la sensación de dejar la ciudad atrás y adentrarse en el campo. Hampton Court no está muy lejos pero te da tiempo a experimentarla.

Al llegar allí, como no, me perdí y me fui directa al aparcamiento de la estación. Hampton Court parece que sea un publecito pequeño pero en realidad es un barrio de una ciudad pequeñita de Surrey que toca a Londres donde están obsesionados con los cupcakes. Hay puestos de cupcakes hasta en la estación de tren. Cuando consigues salir de la estación, llegas al Tamesis y debes cruzar el puente para llegar al palacio pero, a pesar de ir sola, no pude resistirme a bajar hasta la orilla del río y hacer unas cuántas fotos. Las aguas de las inundaciones que asolaron el suroeste de Inglaterra este invierno llegaron hasta aquí y todavía se podían ver las huellas de los curiosos que se habían hecho lo mismo. No me empapé de barro, pero casi casi.



Hampton Court es famoso como palacio de Enrique VIII pero el no fue el único habitante, quizá sí el más famoso. Para empezar, diré que quien ordenó construir el palacio fue el cardenal Wolsey quien obsequió al rey con el palacio. En él vivieron Enrique y todas sus esposas, pero continuó siendo palacio real durante muchos años a pesar de que, por ejemplo, Elizabeth I no lo utilizara como residencia real. Hasta el reinado de William III y Maria II no fue ocupado de nuevo por unos reyes que vivían allí casi permanentemente. Construyeron nuevas habitaciones y jardines en otra parte del palacio. Y más adelante, Jorge I y Jorge II, con sus cortes enfrentadas, continuaron allí. Pero con la llegada de Jorge III al trono, la historia de Hampton Court como palacio real llegó a su fin y se dividió en apartamentos privados que se otorgaban a viudas y solteras como un acto de gracia y favor. Sí, gente común y corriente vivió en esta habitaciones y sus hijos y nietos jugaron en los jardines y corrieron entre los enormes pasillos. En algunos rincones de los patios aún se pueden encontrar detalles de estos vecinos y me entretuve fotografiándolos.



Como he dicho, el palacio se estructura a partir de patios, los famosos Courts, algunos más bonitos que otros (me quedo con Fountain Court, por donde dicen que se pasean varios fantasmas, y Clock Court, donde está la torre astronómica). A partir de allí, no hay palabras que describan lo grande que es y como es probable, que tengas que sacrificar algunas partes para poder ver con calma las que te interesan. Es imposible verlo todo. Yo no pude hacerlo. Y eso sin contar el frío que hacía en pleno febrero en una parte del palacio. Lo dejo para una futura visita, esta vez con mi madre, otra entusiasta de los Tudor que, cuando le conté que había estado, estuvo a punto de decir: "Yo también quiero ir".

Para recorrer el palacio poco a poco decidí recorrer las salas en orden cronológico. A la derecha, pasada la reproducción de la Fuente del Vino, está la entrada a una sala que te lleva a recorrer la vida de Enrique VIII en orden cronológico. En estas salas, las habitaciones de Wolsey, el dueño original del palacio, explican sus primeros años de reinado y su matrimonio con Catalina de Aragón a través de una sillas altas de madera que simulan tronos. La historia comienza con el ascenso al trono de Enrique y en estas primeras salas explican los años de esplendor a pesar de que, a medida que avanzas, la historia es cada vez más oscura. Una de las salas me pareció especialmente triste, pues en ella solo había un trono, el de Catalina, situado en medio de la habitación y en la pared del fondo, pintados en la pared, los nombres de todos sus hijos. Los que nacieron muertos, los que no llegaron a nacer y María. Lo cierto es que comprendes porque cada vez se fue refugiando más en la religión.

Después, me salté un siglo y medio y subí unas escaleras espléndidas que me condujeron a la sala del trono de William III y Maria II, su esposa. Lo cierto es que de William sabía muy poco y aprendí bastante sobre él durante esta visita. Por ejemplo, como era en privado, algo que me parece mucho más interesante. Le tenían que prohibir que leyera cuando estaba enfermo, pues le encantaba leer y coleccionar libros ¿a quién me suena? Pero no era demasiado amigo de hacer vida pública delante de los cortesanos, por lo que cenaba en privado.

Las salas están ordenadas a través de un largo corredor, algo que me hizo recordar Versalles, a pesar de que por supuesto, en Inglaterra tanto el mobiliario como la decoración es mucho menos lujoso. Me detuve en varios salones a escuchar más detenidamente el audioguía (al ser un palacio de pago, la audio es gratis. Pero no son tan vehementes como el señor de las Churchill War Rooms, que casi me lo colgó del cuello a la fuerza) sobretodo si explicaban detalles de la vida cotidiana del palacio y sus habitantes. A medida que avanzas, llegas a las partes privadas de la familia y más adelante, llegas al retrete, justo antes de bajar la escalera trasera, muy parecida a la de una mansión victoriana más corriente y llegas a la Orangerie, una de mis partes favoritas, una larga sala donde el rey caminaba cuando llovía. Sí, eran reyes, se lo podían permitir. Y con el sol que iluminaba la estancia era todavía más bonita mientras que por las ventanas veías los jardines, tan bonitos ellos.

Al salir de esta parte del palacio, paseando por Fountain Court, llegué a las cocinas del chocolate, en plural. Durante el siglo XVIII, los reyes georgianos y sus cortesanos experimentaron una auténtica fiebre por el chocolate así que se instalaron dos cocinas únicamente para prepararlo dirigidos por un maestro chocolatero, Thomas Tosier, que llegó a tener varias chocolaterías en la ciudad.



Siguiendo el camino recto hacia el interior del palacio, llegué a la capilla. Un lugar no demasiado grande pero que impone respeto. Catalina de Aragón se recluía aquí a rezar, aquí fue bautizado el esperadísimo hijo de Enrique, Eduardo VII y donde el cadáver de Jane Seymour estuvo de cuerpo presente hasta que se la enterró en Windsor. Paneles de madera y un techo pintado de azul y dorado precioso. Otro detalle que me gustó fue que tiene un rincón para el recuerdo de los caídos en la Primera Guerra Mundial. Los caídos que vivían o formaban parte de la comunidad del palacio. No se limitaban a un nombre, sino que había una carpeta con sus biografías, fechas de nacimiento y muerte y sus fotografías. Ponerle rostro a un caído da una sensación diferente a la habitual de solo ver nombres esculpidos en la piedra. No faltaba un enorme ramo de poppies.


Y, si hubo una parte del palacio que me fascinó, fueron las cocinas (algo raro si se me conoce). No solo por el tamaño sino por toda la arqueología experimental que se lleva a cabo allí. Los fuegos están encendidos y gracias a la audioguía aprendí muchísimo sobre la cocina en la época de los Tudor. Llegas a ellas por un pasadizo muy angosto que está lleno de almacenes en el que te mueres de frío. Si algún día os acercáis a Hampton Court abrigaos al cruzar este pasillo exterior, en serio. En la misma audioguía lo califican como una "nevera Tudor" pues era donde se guardaban todos los alimentos. Y entre las cocinas, las bodegas, donde se guardaban las centenares de botas de vino de Enrique VIII. La verdad es que me recordaron mucho aquella escena de Astérix en Britania... esta escena, bueno, sin legionarios borrachos:



Y de paso, entre tanta comida, me entraron ganas de comer un pie. En las cocinas hablan mucho de ellos y te explican, entre otras cosas, que en el siglo XVI no se comían enteros, sino que solo devoraban el relleno. El pan, el envoltorio se tiraba. Lo cierto es que si había algo que no faltaba en su dieta era la carne y en grandes cantidades. Además, tenían un raro concepto de algunos alimentos: algunos peces se consideraban aves, etc.

Así pues, los pies no podían faltar en la cafetería del palacio y comí en un comedor enorme que quien sabe quien utilizaba hace siglos. Por supuesto, de postre tuve un cupcake (no podían faltar). No me faltó la compañía pues estuve conversando con una señora muy amable a quien sus nietos habían dejado allí descansando mientras veían los jardines. Hablando de los jardines, ni siquiera pude salir, no me dio tiempo. Igual que las salas georgianas de la corte, pues no se reabrirán hasta abril. Si vais pronto a Londres y os apetece acercaros a Hampton Court, ya estarán disponibles.

Y hablando de niños, al ser febrero, el palacio estaba repleto de excursiones escolares. Algo que si hubiese sido en España habría calificado de día nacional de la excursión. Los niños ingleses en estas visitas son curiosos y preguntan muchas cosas, algo que me gustó mucho y que al no poder observar a niños españoles, no puedo comparar.

Después de comer, tergiversando un poco más la cronología, fui a ver las salas de Enrique VIII, empezando por el gran comedor, algo impresionante, donde habían puesto manteles donde escritas podías leer costumbres de la época. Y al pasar a la segunda sala y girarme de repente, vi, como aparecidos de la nada, a Enrique VIII y a Catalina de Aragón (a dos actores que los interpretaban, claro). Si me llego a encontrar al fantasma del real, me caigo redonda...

Por estos pasillos, es por donde se comenta que se aparece el fantasma de Catherine Howard, la quinta esposa del rey, vestida de gris y pidiendo clemencia. Lo cierto es que es más bien una galería de víctimas del hacha de Enrique, exceptuando a sus esposas. Del primero al último aquí están todos los que el rey decidió que les iría mucho mejor si perdieran la cabeza para conspirar. Y girando a la derecha tenemos el lugar donde se celebró la última boda del rey con Katherine Parr.


Entre estos pasillos, colgados en las paredes y acompañados por una breve biografía, podemos ver documentos relacionados con las seis mujeres de Enrique. Entre ellos, la famosa carta que inculpó a Catherine Howard sobre su relación con Thomas Culpepper o el documento notarial de la última boda del rey. Y finalmente, unas escaleras te conducen al balcón donde la familia real escuchaba misa dentro de la capilla y allí hay una reproducción de la corona de Enrique. La original fue destruida por orden de Oliver Cromwell que, a pesar de que era republicano, se instaló en Hampton Court. Mmmm...

Y, por último, la tienda. Había varias tiendas pero las fui esquivando o solo entrando a curiosear hasta que llegué a la de Enrique VIII, donde cayeron algunos libros, entre ellos la guía del palacio, que me ha servido de colaboradora especial a la hora de explicaros los detalles del palacio. Un libro que puede resultar algo repulsivo pero cuando lo vio la chica de la tienda, me dijo que le había gustado mucho y era muy bueno. The Death of the Kings, con una fotografía de la máscara mortuoria de Cromwell en la portada. Repulsivo, sí, pero interesantísimo. Y todavía no he empezado a leerlo. Y también uno que hace un largo recorrido histórico por los castillos y palacios que tuvieron algún tipo de importancia durante el reinado de los Tudor, especialmente de Elizabeth. Y que creo que nos irá muy bien para el siguiente viaje a Inglaterra.

Y después de Hampton Court tocaba volver a Londres. Pero antes pude hacer una última foto desde el tren que creo es de las más bonitas del viaje. Tuve que moverme por todo el vagón para conseguirla pero quedo bien.



En Londres me fui a Covent Garden a pasear entre los puestos del interior del mercado y me encontré con la desagradable sorpresa que algunas de las tiendas con más encanto, como la de té Whittard de Chelsea habían desaparecido y en su lugar, había sucursales de tiendas de alta gama, como Chanel. Le resta encanto.
Entre parada y parada, no pude evitar en una de mis tiendas favoritas de la zona, la del London Transport Museum. Nunca he estado en el museo porque es carísimo (unas 17 libras) pero la tienda del museo es una gran tentación, sobretodo si te gusta la historia del metro de Londres o los carteles de destinos ferroviarios vintage. Ay, babeo solo de recordarlo. Esta vez tuve que tener mucho valor porque me habría llevado la sección entera de libros sobre Londres. Lo que sí me llevé fue un diario sobre la Primera Guerra Mundial que tenía muy buena pinta. Ya lo veréis en el IMM londinense.



Y después de curiosear un ratito entre las paradas, me acerqué a una librería que tenía pendiente desde hace mucho: Stanford´s, situada en Long Acre, la mayor librería de viajes de Londres. Parecida a nuestra Altaïr, pero abierta en 1853 y según lo que te cuenta, ya la consultaban Robert Falcon Scott, Livingstone, Florence Nightingale, Sherlock Holmes (incluso) y muchos más...  Con las compras de Hampton Court y el LTM casi no podía andar, pero me las arreglé para localizar muchos libros interesantes sobre Inglaterra, muy al estilo de Watching the English de Kate Fox o libros con artículos sobre viajes por el país de autores famosos, un tipo de libros que me dejan embobada. Aquí mi reto consistía en encontrar algo que estaba en mi wishlist del viaje y no era un libro, sino un mapa: un mapa de Inglaterra, común y corriente, de esos que se cuelgan en las paredes. Cuando era adolescente, me hice uno en pequeño, con las ciudades más importantes y pintado con rotuladores pero siempre he tenido ganas de uno de verdad: con los ríos, montañas, ciudades, el meridiano de Greenwich atravesando el país, etc. Pues después de dar vueltas por toda la librería, incluso mirando en la sección de mapas victorianos (¡¡¡tienen una sección de mapas victorianos!!!) y más antiguos todavía, no encontraba nada más que mapas de carreteras o mapas que debían completarse poco a poco, como si fueran un juego, y cada uno costaba más de 10 libras. Ya iba a rendirme cuando en la entrada de la tienda encontré uno precioso, del estilo de aquellos que se cuelgan en los colegios, baratísimo. Y como comprenderéis, se vino conmigo a Barcelona y ahora está colgado felizmente en mi habitación.



Y por ahora, os voy a dejar aquí. El miércoles, ya habéis visto, fue un día largo y cansado que acabo felizmente, sin ganas de leer en la cama.

Pronto tendréis la siguiente entrega. Y con ella, la reseña de aquel libro sobre Almshouses que leí para la última Readathon.

P.D. Todas las fotos son mías, exceptuando la del techo de la capilla de St. George, que viene de su propia web.

12 comentarios:

  1. Jajajajjaa! Me ha encantado el vídeo de Astérix!
    Petonets

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    1. Era lo único que faltaba allí, legionarios buscando la poción mágica XD y Enrique VIII para supervisarlo todo.
      Petonets.

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  2. ¡Qué interesante todo lo que has contado! Ha sido un gusto pasear virtualmente por Hampton Court contigo :-D. Esos techos son preciosos.

    Por cierto, tengo la curiosidad, y espero que no te moleste que te lo pregunte, de por qué escribías algunos nombres de monarcas en inglés y en otros casos traducías el nombre.

    Saluditos :-D.

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    1. ¡Qué bien que te haya gustado! Gracias.

      Lo de los nombres viene porque normalmente los nombres de reyes los suelo decir en inglés: Henry the Eight, Edward the Seventh... excepto cuando estoy en casa que, para entenderme con mi madre, lo traduzco. En cambio, nunca he entendido que una mujer de la nobleza o como dicen plebeya, con su nombre y apellidos en inglés o en cualquier otro idioma, tenga que perder incluso la lengua de su nombre para pasar a ser la reina Catalina o la reina Juana (Juana Seymour es uno de los nombres más horribles que he oído en la vida). Así que los dejo en inglés... Y Elizabeth I siempre será Elizabeth jajaja. Espero que te sirva la explicación.

      Besos.

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  3. ¡Me encanta ese mapa! A mi 'wishlist' de cabeza.
    Me ha gustado mucho ese "paseo" por Hampton Court y me has dado muchas ganas de probarlo.
    Y tienes razón con lo de Covent Garden. Esta perdiendo parte de su encanto con esas tiendas de lujo que no dejan de ser cadenas...

    ¡Un abrazo!

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    1. Y además ¿quién va a comprar en ellas? Muchos de los turistas que pasean por allá no tienen para comprar en Channel...
      Un beso.

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  4. Con todas estas entradas puedes terminar haciendo una guía de viajes. Una guía mucho más interesante de las que se limitan a lugares, distancias y precios.
    Un saludo.

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    1. La verdad es que quizá dentro de una temporada, os encontréis alguna sorpresa por aquí ;)
      Un beso.

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  5. ¡Pasada de viajes que te me montas!
    Hampton ...quiero verloooooooooo...
    Llegó a un punto en el que uso el wikipedia o me pierdo entre tanto rey, reina, forma de asesinarlos, complots...je, je...pero me parece de lo más fascinante -ahora estoy con la guerra de las dos rosas- y como lo explicas...¡Dan unas ganas de ir ya mismo por esas tierras!
    De verás que tú tenías que ser guía turística para gente con intereses varios fuera de los circuitos tradicionales para guiris , con mi total respeto que yo muchas veces también lo soy, je, je...
    ¡Buena semana santa!

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    1. A mi me pasaba al principio eso de perderme un poco pero ya hace más de 15 años :)
      ¡Ay! Alguna vez lo he pensado pero claro, es difícil. Yo, en cambio, no me suelo considerar turista. Es largo de explicar... ;)
      ¡Besitos!

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  6. Qué bueno!
    La verdad es que solo he ido una vez a Inglaterra y voy a repetir segurísimo, las veces que pueda! =)
    Por cierto, me encanta esa peli xDDD

    Besotes

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    1. Inglaterra es para repetir y verla una y otra vez jajajaja no te lo voy a discutir yo :P
      Asterix en Bretaña es mi favorita de todas las de Astérix
      Besitos.

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