domingo, 17 de abril de 2011

Uno menos...

Quizá son las horas a las que escribo este pequeño texto o quizá que estoy concentrada en una película que acabo de ver o que el partido de hoy me ha dejado soñolienta, pero no quería pasar sin escribir un pequeño recuerdo para un gran traductor que nos ha dejado a los cincuenta años y que era uno de los grandes de este país. Me refiero a Miguel Martínez-Lage, traductor entre otros de James Boswell, William Faulkner, Nick Hornby, Coetzee, DeLillo o Virginia Woolf, entre otros muchos.

Justo ayer empecé a leer Londres de Henry James, una de sus traducciones, y hoy me entero de su muerte. Además de ser uno de esos libros de los que disfrutas con cada frase y cada detalle, disfrutas de su traducción y de como el traductor hace que todas las palabras encajen en su sitio.

Como siempre, soy incapaz de encontrar el obituario que le han dedicado en La Vanguardia así que enlazo aquí con el de El País. Pero con el texto del primero en la mano, me quedo con la frase de Robert Saladrigas referente a la profesión muy poco valorada en España de traductor:
"Mi consejo es que cuando abran un libro extranjero, presten atención a la identidad del traductor. Luego traten de disfrutar de la lectura y, si lo consiguen, al concluirla no olviden su nombre."
No sé que opináis sobre las traducciones, pero a mí me parece muy válida.

9 comentarios:

  1. Para aquellos que no podemos leer en el idioma original, el trabajo de los traductores es complemente necesario y muy muy importante.

    Cuando releí Orgullo y Prejuicio en una edición de bolsillo en castellano, me dí cuenta del estilo elegante y preciso que tenía aquella primera edición catalana que conseguí en la biblioteca y que tanto disfruté. Siento no haberme fijado en el traductor...

    Es una pena, pero los traductores son otro de tantos artistas que viven en la sombra. Además traducir a Henry James no és nada fácil.

    Para ambientarme en Londres leí Los periódicos, que me tuvo completamente enganchada en los cafés del Strand. Acabo de mirar que lo tradujo Guillermo Lorenzo...

    Un beso y feliz Semana Santa

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  2. Cuando media un buen traductor, lo notas al leer la obra. Pero, normalmente, eso no me suele llevar a leer el nombre, sobre todo no me lleva a retenerlo.

    Tu entrada pone en evidencia lo injusto que es.

    Un abrazo por hacérmelo ver.

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  3. La verdad es que es un trabajo poco reconocido por nosotros los lectores. Y, como dice Laura, se nota mucho la labor de un buen traductor cuando lees una novela. Pero nunca miramos sus nombres. Y si los miramos, pronto se nos olvidan.
    Me ha gustado mucho esta entrada a modo de homenaje a Miguel Martínez-Lage. Su gran trabajo se lo merece.
    Besotes!!!

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  4. Pues yo nunca me di cuenta del papel de los traductores hasta que me leí la saga de Los hijos de la Tierra: en los 2 primeros libros el traductor es una persona, que cambia en el 3º y, por tanto, muchas palabras que aparecen continuamente pasan a ser otras de golpe y porrazo... Y pensé que qué mínimo, si vas a traducir una saga, que leerte los anteriores, no??

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  5. Reconozco que no me quedo con el nombre del traductor aunque cuando leo algo que me gusta pienso en él tanto como en el autor del libro.
    Besos

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  6. Y si cuando uno lee un libro no se fija en el traductor...es un poco un trabajo anónimo!
    Besotes

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  7. Q importante es una buena traducción, y qué poquito nso fijamos en los traductores, me ha parecido una gran entrada y una gran idea al recordar a este hombre que nos ha dado tan buenos momentos de lectura. Un beso

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  8. No soy de prestar atención a los traductores, salvo en algunos casos.

    La mayoría de los textos no son fáciles de traducir, más cuando utilizan un lenguaje poético o cargado de metáforas.

    Saludos.

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  9. Tengo una discusión histórica con un compañero de trabajo que se niega a leer traducciones, porque considera que no está leyendo al verdadero autor, sino la obra del traductor. Siempre encuentro este argumento rebuscado y hasta lo considero una excusa para no leer. En todo caso, me alegro de poder apreciar ambas obras: las del autor original y la del traductor. ¡Imaginate perderse el placer de leer a Henry James, Jane Austen, Shakespeare....! ¡De locos!

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